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Etapa Prehispánica y de la Conquista

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ETAPA PREHISPÁNICA Y DE LA CONQUISTA.

     A. LOS PUEBLOS VENIDOS, UNA CIUDAD MÍTICA: CHICOMÓZTOC.

Los mexicanos podemos preciarnos de contar con una cultura excepcional y de poseer una  historia sumamente rica e interesante. Muchos fueron los procesos que a través del tiempo se han vivido y que han llevado a conformar nuestra actualidad como nación. Las tierras que pertenecen al municipio de Atizapán de Zaragoza han sido el mudo testigo de muchos de los grandes eventos y  transformaciones que forjaron nuestra historia.
Los indicios más antiguos que poseemos sobre sus primeros pobladores están relacionados con los vestigios  arqueológicos ubicados en la cima del cerro de la Cruz en Calacoaya, llamado así por una cruz que está encima de la estructura prehispánica. Según los estudios arqueológicos que se han realizado sobre ellos, sabemos que persisten estructuras y cerámica que datan del posclásico temprano (900-1200 d.C.).1
El tipo de cerámica que se ha encontrado en ese lugar es del llamado tipo Coyotlatelco, el cual corresponde con la etapa de transición entre el declive de Teotihuacan y el auge de Tula y que fue creada por grupos de otomíes que habitaron la Cuenca de México y otras zonas del actual Estado de México, como los municipios de Tultepec y Melchor Ocampo.2 Investigaciones realizadas mediante excavaciones en estos sitios han reflejado que los otomíes fueron los agentes que alcanzaron cierto desarrollo cultural durante le época del ocaso teotihuacano.
El dictamen realizado por especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia confirmó que se encontraron vestigios arqueológicos abundantes, pero que presentan un deterioro notable, pues son numerosas las excavaciones que demuestran que el sitio ha sido víctima de saqueos.



Vestigios arqueológicos en el
cerro de la Cruz en Calacoaya.

Vestigios arqueológicos en el
cerro de la Cruz en Calacoaya.

A pesar de esta situación, un análisis arqueológico posterior, señaló que en un primer acercamiento, los materiales encontrados datan de épocas más remotas, que van desde el Preclásico (en este caso de 1300-800 a. C), relacionado con las etapas de Tlatilco, Ticomán y Zacatenco; hasta materiales del Posclásico, del periodo Azteca III o IV (1521 d. C.),3 época que pone fin a la etapa prehispánica.
Estos estudios nos indican la presencia en estas tierras de pobladores que estuvieron relacionados de cierta manera con los de Tlatilco, (sitio localizado en el actual municipio de Naucalpan de Juárez), que fue una de las aldeas más antiguas de la Cuenca de México y que alcanzó cierta complejidad social además de que continuaron habitando en ellas hasta la llegada de los españoles.
Sin embargo, es probable la presencia de habitantes aún más antiguos, ya que la riqueza natural de esta zona geográfica atrajo desde varios miles de años atrás a tribus nómadas de cazadores-recolectores. Grupos humanos que posteriormente se desarrollaron y se transformaron en sociedades que practicaron la agricultura, dando lugar  al surgimiento de las primeras ciudades como Cuicuilco, que llegó a contar con miles de pobladores.
Cuando los conquistadores europeos arribaron a las costas del Golfo de México en 1517, la cuenca estaba habitada por un vasto conglomerado de pueblos con culturas diferentes que convivían entre sí.  Uno de los más antiguos y numerosos fueron los otomíes4 , pueblo que, entre otros lugares, habitó en el territorio que hoy conocemos como el municipio de Atizapán de Zaragoza.
Su historia está íntimamente ligada a una serie de migraciones de pobladores provenientes del norte a la Cuenca de México y sus alrededores, en especial con la de una tribu chichimeca que partió de Chicomóztoc (Lugar de las Siete Cuevas), lugar que en la actualidad se sitúa en el sitio arqueológico conocido como La Quemada, en el actual Estado de Zacatecas.



El Salón de las Columnas de La Quemada,
Estado de Zacatecas.
DR © Ignacio Guevara/ Arqueología Mexicana / Raíces.

Esta ciudad ha sido considerada como punto de origen de diversos pueblos, los relatos en torno a ella lo señalan como un sitio sagrado, original o primordial, es lo que le ha conferido el carácter de lugar mítico. Por ejemplo, en el Lienzo de Tlapiltepec pintado a mediados del siglo XVI, está representada la legendaria cueva de Chicomóztoc, donde según las tradiciones del centro de México nació la presente humanidad. En su interior se ve la cara de la deidad fundadora de los antiguos reinos mixtecos y una pareja ancestral que emerge de un río, procrea hijos y funda un altepetl (pueblo). Esta fundación es celebrada con el rito de encender el “Fuego Nuevo”, que señala el inicio de una nueva era5 .
Por su parte, en la Historia tolteca-chichimeca se narra la migración de la legendaria ciudad, entre otras escenas, se pintó en él en forma idealizada a los ancestros de los chichimecas, así como sus casas y los templos dedicados a los fundadores de su pueblo y a los dioses protectores. En contraste con otros pueblos que pintaron su lugar de origen en tierras fértiles, los chichimecas representaron a su lugar de origen como un sitio árido, en este caso se ve la figura de un cerro en forma de flor con plantas desérticas como cactus, en cuyo interior hay siete cuevas para significar que de ellas nacieron muchos pueblos.6 A Chicomóztoc se le ha representado también en otros códices como el Códice Mexicano, en la Historia de las Indias de Nueva España y en el Códice Vaticano.

Chicomóztoc, Fray Diego Durán, Historia de las Indias de la Nueva España e Islas de Tierra Firme.
DR © Carlos Blanco / Arqueología Mexicana / Raíces.

Chicomóztoc, Códice Mexicano.
DR © Marco Antonio Pacheco / Arqueología Mexicana / Raíces.


 

Chicomóztoc, Códice Vaticano.
DR © Carlos Blanco / Arqueología Mexicana / Raíces.

Chicomóztoc, Historia Tolteca-Chichimeca
DR © / Arqueología Mexicana / Raíces.

El historiador y fraile Juan de Torquemada,  planteó que la decisión de emigrar al sur del pueblo chichimeca se debió a disputas de poder entre su líder Xólotl y su hermano, ya sea para ganar tierras y hacerse célebre o para vengar antiguas injurias que sus antepasados habían recibido de las naciones que habitaban en el sur.7  Aunado a esta situación se suscitaron una serie de sequías que motivaron la migración; hoy sabemos por algunos especialistas en temas ambientales, que a partir del año 1000 d.C., el proceso de desertización se agudizó en el norte de Mesoamérica, lo cual junto con otros procesos socioculturales, provocaron el abandono de La Quemada.8
Al ser entonces difícil el seguir viviendo allí y una vez que se decidió partir, se hicieron los preparativos para la peregrinación. Xólotl envió a sus más leales guerreros como adelantados al sur, hacia el actual Estado de Jalisco, quienes a su regreso le informaron haber encontrado poco poblado aquel territorio, razón por la cual este caudillo decidió partir, tras tomarse un tiempo para armar a su ejército y realizar todos los preparativos necesarios para emigrar junto con sus mujeres y niños.9 Esta peregrinación debió ser muy importante, ya que los cronistas informan que se trataba de un millón de personas, un dato quizás inexacto, pero que da cuenta de lo numeroso de la población que emigró.
Durante su travesía pasaron por Tula, ciudad que había experimentado un notable aumento en su población y crisis agrícolas sucedidas por la dependencia de las lluvias; la poderosa ciudad del reino de los toltecas  ya había sido abandonada al paso de Xólotl. Nopaltzin, su hijo, iba adelante para seguir explorando tierras y así llegó hasta Texcoco y después, desde lo alto de un cerro observó  Chapultepec.10 Tras haber dejado atrás varios kilómetros de  tierras semiáridas, podemos suponer el asombro que debió causarle ese paisaje de intensa hermosura, de espejos de agua y de volcanes nevados; agua en abundancia y todo lo que en la naturaleza esto implica.
Las bondades de la tierras descubiertas las comunicó a su padre, quien tras algunas deliberaciones con otros señores principales, decidió asentarse en el norte de la cuenca, en Tenayuca, lugar elegido por sus cavernas, debido a la costumbre chichimeca de vivir en cuevas al ser un pueblo fundamentalmente nómada y cazador, como lo afirma Bernardino de Sahagún al escribir que:
“[…] de ordinario traían sus arcos y flechas por todas partes, para tirar y cazar con ellos, […] eran los que habitaban lejos y apartados del pueblo por campos, cabañas, montes y cuevas y no tenían casas […] donde anochecía, si había cueva se quedaban allí a dormir.”11



Migración de los chichimecas,
Códice Xólotl

El cronista mestizo Fernando de Alva Ixtlilxóchitl nos narra que Xólotl se asentó en estos lugares de forma pacífica, “no quitándosela a nadie”. Efectivamente, al cerciorarse de que no hubo oposición entre los pocos pobladores para que se asentaran en esas tierras, los chichimecas necesitaron validar la posesión que hacían sobre ellas, realizando actos solemnes como los que consistían en subir a lo alto de una montaña, desde donde se tiraban cuatro flechas hacia los cuatro vientos o puntos cardinales en señal de posesión que tomaban de aquella tierra.
Una vez consumado este hecho, Xólotl empezó a repartir tierras para las familias que venían con él en su migración: unió en matrimonio a sus hijas e hijos con otros señores importantes de otros pueblos para consolidar su linaje y establecer alianzas. Asimismo, el contacto con grupos dispersos de toltecas que venían de una civilización más avanzada, contribuyó a transformar con su idioma, cultura y tradiciones a los cazadores chichimecas en pueblos agrícolas y sedentarios.
Un testimonio extraordinario, el Códice Xólotl, a la vez que representa esta migración, muestra los cambios sociales, económicos y políticos que vivió el pueblo chichimeca tras estas relaciones, que los llevaron a crear una sociedad política más compleja, como el reino de Texcoco.12 El señorío  chichimeca, llamado chichimecatlali, tuvo una gran extensión, ya que alcanzó partes del territorio de los actuales estados de México, Puebla, Tlaxcala e Hidalgo. 13
Tras haber cambiado de lugar de morada en continuas ocasiones y de una larga vida, Xólotl murió en Tenayuca. Para esperar la llegada a sus funerales de otros señores principales de su señorío, sentaron su cadáver durante cinco días en una silla que representaba su trono, vestido con una indumentaria real y adornado de joyas de oro, piedras preciosas y plumas de varios colores. 14
Las honras fúnebres continuaron con su incineración, en medio de grandes manifestaciones de tristeza, tanto de sus gobernados como de sus hijos, nietos y bisnietos. Pasados 40 días de duelo, sus cenizas fueron llevadas a una cueva donde días después se verificaron las ceremonias donde se reconoció como su sucesor a su hijo Nopaltzin.
Como se ha visto, las dotes como gobernante de Xólotl fueron extraordinarias, ya que supo engrandecer y mantener unido a su señorío por mucho tiempo; los pueblos a los que concedió tierras y con los que estableció alianzas fueron posteriormente los protagonistas del centro de México tal como la conocieron los españoles cuando arribaron en el siglo XVI.  Este reposicionamiento territorial supuso cambios en los aspectos políticos, económicos y culturales de las sociedades que habitaron esta región y que influyeron posteriormente, por su posición geográfica, a los pueblos otomíes que habitaron en los pueblos de Atizapán de Zaragoza.

 B. EL PUEBLO OTOMÍ – ÑHA-ÑHU.

Como en el caso de los chichimecas, las fuentes nos hablan que los orígenes del pueblo otomí están ligados a una peregrinación venida también del norte. Algunas narran  que salieron desde el mar de Cortés15 y otras los ligan a Chicomóztoc. Se cuenta que un viejo y venerable anciano llamado Iztac Mixcuatl que residía en esta ciudad lugar tuvo seis hijos de los que descienden, entre otros, los mexicas; de su último hijo llamado Otomitl, fue de quien descienden los otomíes. 16
Su llegada a la Cuenca de México puede situarse en el siglo XIII, en el mismo amplio movimiento que trajo a los tepanecas y acolhuaque. 17 Como se ha comentado, Xólotl emparentó a sus descendientes con los señores de otros pueblos. En el caso del otomí, Xólotl otorgó en matrimonio a su hija Tzihuacxóchitl al señor y caudillo otomí Chiconquauhtli, y decidió darles las tierras de Xaltocan, (situadas al norte de la cuenca) como cabeza de su señorío,18   un territorio donde el pueblo otomí pudo asentarse con legitimidad.
A pesar de que Xaltocan representó en su tiempo la localidad más importante y donde se vivió un apogeo otomí, éste fue un pueblo disperso, que habitó en diferentes localidades,  con presencia en Tlaxcala, en el valle de Toluca,  partes de Michoacán, de Jalisco y de la sierra de Puebla; siendo Jilotepec, en el  Estado de México un importante núcleo del mundo otomí. Se calcula que en el siglo XVI, las poblaciones de estas provincias reunían a más de un millón de ellos.19
También tuvieron una importante presencia en Tlacopan (hoy Tacuba), región donde fundaron los pueblos de Atizapán “lugar de aguas blancas o de tiza”, Calacoaya “lugar por donde se entra” y Tecoloapan “río del tecolote”. Estos pueblos tienen nombres en náhuatl por el predominio cultural y político que sobre los otomíes tuvieron los pueblos nahuas, aunque cabe la posibilidad de que algunos hayan sido traducidos del otomí al náhuatl.
Es en este contexto en que los otomíes fueron despreciados por su pobre condición cultural; eran considerados torpes, toscos e inhábiles, por lo que se le llamaba otomite a quien era de poca capacidad y habilidad.20 Por su parte, el soldado y cronista español Bernal Díaz del Castillo se refirió a ellos como “gentes como monteses y sin razón”.21
Ellos se autodenominan ñha-ñhu cuando hablan en su lengua,  en parte porque la palabra “otomí” ha sido asociada a un estereotipo despectivo como se ha visto. Según la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, “otho” significa “no poseer nada”, y “mi” significa “establecerse”, por lo que estas dos palabras pueden interpretarse como “pueblo errante”.22
Acerca de ellos, Bernardino de Sahagún escribió:
      “Los mismos otomíes eran muy perezosos, aunque eran recios y para mucho y  trabajadores en labranzas; no eran muy aplicados a ganar de comer y usar de continuo el trabajo ordinario, porque en acabando de labrar sus tierras andaban hechos unos holgazanes, sin ocuparse en otro ejercicio de trabajo, salvo que andaban cazando conejos, liebres, codornices y venados, con redes o flechas, o con liga o con otras corcherías que ellos usaban para cazar”. 23   
Además de estas presas, se alimentaban de zorrillos, culebras, ratones, comadrejas y lagartijas, así como de calabazas, frijoles, chiles, tunas y raíces; con el maíz preparaban tortillas y tamales que empleaban en gran cantidad para las ceremonias en honor de sus contadas deidades. Se ha narrado que no les importaba terminarse la comida cuando ésta abundaba, ya que si escaseaba, después comerían raíces y hierbas, porque sus antepasados les habían enseñado que así era el mundo, “que unas veces lo había de sobra y otras faltaba lo necesario”,24 idea que explica que en esos tiempos a los derrochadores se les decía que gastaban su hacienda “al modo de los otomíes”.
Los varones jóvenes acostumbraban rapar sus cabezas y los hombres de más edad solían usar cabello largo. Para distinguirse de otros, los señores principales utilizaban dos tipos de ornamentos: después de que se horadaban un labio colocaban en él, el llamado “bezote”, que podía ser hecho de diferentes materiales y las “orejeras” que eran adornos que se colocaban en el lóbulo perforado de las orejas.
Por su parte, las mujeres igualmente se rapaban la cabeza cuando eran niñas, de jóvenes traían el cabello largo y suelto, una vez que parían un hijo se hacían tocados en sus cabezas. Se distinguían por lo hermoso  de su vestimenta que era “muy buena y galana”. 25  Su especial habilidad para tejer las llevó a confeccionar coloridas enaguas, rebozos y huipiles, con diversos motivos hechos de fibra de maguey y algodón. Algunas de estas piezas son conservadas en el acervo etnográfico del Museo Nacional de Antropología e Historia.



Tejedora otomí, en telar de cintura. 
Códice Florentino.
DR © Marco Antonio Pacheco / Arqueología Mexicana / Raíces.

En términos generales fue un pueblo que no alcanzó un nivel cultural alto en relación a otros; a pesar de contar con sacerdotes que fungían a la vez como adivinos y de  realizar sacrificios y ceremonias a sus dioses. Su religión no alcanzó la complejidad de otras culturas y no se caracterizaron por hacer construcciones importantes, limitándose a vivir básicamente en jacales de paja.



Mujer otomí

Sus tierras en Atizapán fungieron algunas veces como un sitio limítrofe en los reacomodos de límites territoriales de otros pueblos, a la vez que fueron testigos de prácticas como el flechamiento, un tipo de muerte ritual que se le daba a quien incurría en faltas graves a la ley y que ocurría tras el impacto de puntas de proyectiles de piedra atados a una flecha. Uno de esos rituales ocurrió en el año 10 tecpatl, cuando un grupo de chichimecas, enojados porque los colhuas habían prostituido a la mujer del señor de Cuautitlán y quien había heredado su señorío, “la fueron a flechar a un sitio llamado Callacohuayan”. 26
Los otomíes participaron en muchas de las guerras libradas con otros pueblos y por tanto, contribuyeron a los reacomodos sociales y políticos que ocurrieron en las regiones que habitaron. Además de su arte tejido, nos han legado diversos códices como el de Huichapan, el de Huamantla y el de Jilotepec, así como los hermosos relieves y pinturas murales de la Parroquia de San Miguel Arcángel en Ixmiquilpan.

C. LOS PUEBLOS DE ATIZAPÁN BAJO EL DOMINIO TEPANECA Y MEXICA.

En cuanto a la historia de Xaltocan, la capital otomí, que a pesar de que les fue dada legítimamente como se ha dicho, fue perdiendo poco a poco su hegemonía debido a que estaban constantemente enfrentados con otros pueblos. Destaca la agresiva guerra emprendida contra ellos por los tepanecas de Azcapotzalco, quienes al apoderarse y vencer a Xaltocan, provocaron la dispersión de sus habitantes a otros sitios. Esta huida debió ser muy penosa,  ya que se narra que los otomíes que iban huyendo, llevaban en medio de ellos mucha gente miserable de mujeres, niños y  viejos.27



Guerra de los otomíes, Códice de Huamantla,
Biblioteca Nacionalde Antropología e Historia.

En ese tiempo, bajo el reinado del señor Tezozómoc, la ciudad tepaneca de Azcapotzalco llegó a ser la más importante del valle a fines del siglo XIV y principios del XV28 .  El historiador del siglo XVI Chimalpáhin denominó como Tepanohuayan al territorio dominado por los tepanecas el cual abarcó extensas regiones colindantes a la Cuenca de México.
La llegada al poder de los tepanecas, implicó que al igual que otros pueblos, los de Atizapán, Calacoaya y Tecoloapan fueran sometidos y obligados a pagarles tributo. Las cargas económicas que les fueron impuestas debieron ser muy altas, según lo expresaron los otomíes que se quejaban de que: “Tezozómoc los tenía muy oprimidos con pechos y tributos excesivos que cada día les imponían”.29
Sin embargo, esta situación permaneció hasta la muerte de Tezozómoc, a quien le sucedió en el poder su hijo Maxtla, señor de Coyoacán, quien trató de someter a su dominio directo a los mexicas, quienes se opusieron, por lo que conjuntaron fuerzas con los señores de Tlalcopan y Texcoco, formando en 1428 la llamada Triple Alianza. Esta unión logró su objetivo y al derrotar a los tepanecas, los sometieron junto con sus antiguos vasallos, entre los cuales se encontraban los pueblos de Atizapán.



Círculo de los gobernantes del
señorío tepaneca de Azcapotzalco,
Códice Techialoyan García Granados.
DR © Marco Antonio Pacheco / Arqueología Mexicana / Raíces.

Una vez ganado el poder, los mexicas, pueblo eminentemente guerrero, decidieron ampliar su dominio. Fue bajo el gobierno de Izcóatl, señor de Tenochtitlan, que el  poderío mexica aumentó, alcanzando, entre otros lugares, Xochimilco, Coyoacán, Cuautitlán, Texcoco, Mixcoac y Teocalhueyacan 30, localidad que años después fungiría como cabecera de los pueblos de Atizapán.
Los otomíes pasaron entonces a otorgar tributo y obedecer, a los mexicas de Tenochtitlan,31 mientras que los habitantes de Tecoloapan pertenecieron a otra provincia tributaria encabezada por Petlacalco (el actual San Jerónimo Petlacalco, Estado de México).

Junto con otros lugares como Xaxalpan, Tepetlacalco, Tepechpan y Colotlan, tenían la obligación de entregar cada ochenta días varias cargas de mantas, huipiles y bragas32  que se daban a un calpixque, quien era el encargado de cobrar los tributos.

 


Glifo de Tecoloapan en la
Matrícula de Tributos.
(Parte inferior, cuarto de derecha a izquierda).
DR © Marco Antonio Pacheco / Arqueología Mexicana / Raíces.

Sin embargo, tal parece que los habitantes del pueblo de Chiluca se resistían a rendir tributo, y no sólo ellos, también varios grupos otomíes ubicados en Cuahuacan (lugar de árboles) y Jilotepec, (lugar de jilotes). Pero esto no fue impedimento para los mexicas, quienes no cejaron en sus intentos de alcanzar la expansión de su imperio.
Durante las ceremonias realizadas para la elevación al trono de Ahuízotl en 1486, se decidió emplear la fuerza con aquellos poblados que no formaban parte de su dominio. Se narra que durante veinte días juntaron armas de todo género, al igual que a los jóvenes más fuertes y capacitados, a quienes les hablaron de la necesidad de someter a “gente de poca estimación”, refiriéndose a  los otomíes.33



Ahuízotl,  gran señor mexica.

 

Conquistas militares de los mexicas,
Códice Mendoza.

En su camino hacia Cuahuacán, arribaron al pueblo de Chiluca, (o Chilocan, “plantel de chiles”) donde, diciendo a voces: “¡Poco a poco y a fuego y sangre de los enemigos!”34 comenzó una batalla que culminó con la matanza de buena parte de sus pobladores. No hubo misericordia alguna, las siguientes palabras dan cuenta del sufrimiento y dolor que los habitantes de Chiluca debieron experimentar cuando se narra que dijeron: “Señores mexicanos, cesen ya las muertes. Doleos de criaturas de cuna y las que comienzan a andar y a gatear, y de los pobres biexas [viejas] y biexos [viejos]”.35
Fue entonces que los mismos mexicas decidieron dar por terminada la batalla, ya que corrían el riesgo de que no quedaran pobladores vivos a quiénes exigir tributo. Resulta lógico que al observar el paisaje boscoso que aún hoy circunda Chiluca, los vencedores determinaran que los impuestos consistirían en tablones anchos de madera, para construir camas destinadas a personas de su realeza, así como vigas y tablas para la fabricación de puertas y ventanas.36
Es así como el poderío del imperio mexica aumentó y se consolidó entre los pueblos otomíes que se resistían, entre los cuales, como último bastión del ahora territorio atizapense, fungieron los pobladores de Chiluca, quienes como otros pueblos, se vieron obligados a redituar parte de su trabajo diario con el fin de tener el derecho de habitar las tierras que ocupaban.

D. HECHOS DE LA CONQUISTA EN ATIZAPÁN.

Como se sabe, al llegar los conquistadores españoles a las tierras que para ellos significó un “Nuevo Mundo”,  todo el panorama político, económico, cultural y social  del mundo mesoamericano cambió paulatinamente de manera irreversible y contundente. En la historia de la Conquista, la región que abarca el actual municipio de Atizapán tiene un espacio significativo, dada su cercanía con la entonces ciudad de México-Tenochtitlan.
Tras haber dejado atrás las costas del golfo de México y de haber establecido alianzas con los pueblos totonacas y tlaxcaltecas, el conquistador español Hernán Cortés y sus huestes tuvieron el famoso encuentro con el gran hueytlatoani del imperio mexica, Moctezuma Xocoyotzin, quien en medio de sus tribulaciones, los acogió en su palacio ante la mirada desconcertada de su pueblo.



El conquistador español Hernán Cortés.

Sin embargo, Cortés se había atribuido  funciones que no le correspondían, por lo que Diego Velázquez, gobernador de Cuba, decidió mandar una armada al mando de Pánfilo de Narváez con el fin de apresarlo y aplacar su rebeldía. Al enterarse de la llegada de Narváez a San Juan de Ulúa, Cortés decidió ir en persona a enfrentar y solucionar este problema. Gracias a su gran astucia, tras un estratégico ataque nocturno logró apresar a Narváez y convenció a sus soldados a unírsele, consiguiendo así  importantes refuerzos para su tarea conquistadora.
Mientras esto sucedía, el capitán español Pedro de Alvarado había quedado al mando de las tropas españolas en México-Tenochtitlan, lugar donde se planeaba realizar una gran festividad en honor al dios Huitzilopochtli en el Templo Mayor de la ciudad. En dicha ceremonia, se preparó darle forma humana al cuerpo del dios, emplumándolo y adornándolo con turquesas y aderezos de oro, en seguida tenía lugar un hermoso ceremonial en el que se conjugaban la poesía, la música de flautas, silbatos, tambores y huesos, aparte de la danza ejecutada por bailarines adornados con plumas, collares, colgantes y joyas de jade y oro; en especial orden y relevancia andaban aquellos que habían ayunado un año para dicha fiesta.37
Confiados, los mexicas dieron inicio a su celebración, sin notar que Pedro de Alvarado había mandado cerrar las salidas del templo, tras lo cual atacó, sin más, a la multitud indefensa reunida en él. Se cuenta que:
“[…] a otros les dieron tajos en los hombros: hechos grietas, desgarrados quedaron sus cuerpos. Todas las entrañas cayeron por tierra. Y había algunos que aún en vano corrían: iban arrastrando los intestinos y parecían enredarse los pies en ellos.  Anhelosos de ponerse a salvo, no hallaban adonde dirigirse.38



 

El capitán español Pedro de Alvarado.

 

 

Matanza del Templo Mayor. Fray Diego Durán, Historia de las Indias de la Nueva España e islas de Tierra Firme.

La reacción del pueblo mexica ante tal afrenta no se hizo esperar y comenzaron a rebelarse contra los invasores. Al regresar Cortés a México, le exigió a Moctezuma que aplacara a su pueblo, cosa que no se logró pues ya había perdido autoridad sobre su gente. Víctima de una pedrada, Moctezuma murió días después. Bajo el mando de su sucesor, el nuevo emperador Cuitláhuac, los mexicas finalmente decidieron combatir frontalmente a los españoles: ya no eran dioses ni semidioses a los que se enfrentaban, eran hombres que querían apoderarse de su imperio.

Sucedió entonces que, acosados, los conquistadores y sus aliados decidieron huir  la noche del 1 de julio de 1521, en el episodio conocido después como la  “noche triste”. Una mujer dio la voz de alarma a su pueblo de que los invasores abandonaban la ciudad, tras lo cual los mexicas comenzaron su persecución.  Guiados por sus aliados, los españoles huyeron por la calzada de Tlacopan, con rumbo a lo que hoy es el Santuario de Los Remedios.

 

Los hombres de Cortés capturan a Moctezuma, Códice Florentino.

 


Grabado que representa la muerte de
Moctezuma. Microfilm BNM.

Cuenta la tradición que desesperado, Cortés prorrumpió en un amargo llanto, un romance popularizado desde entonces decía: “En Tacuba está Cortés, con su escuadrón esforzado; triste estaba y muy penoso, triste y con gran cuidado, una mano en la mejilla y otra en el costado”.39


Cortés llorando durante la “noche triste”. 
Pintura de Manuel Ramírez.

Fue entonces que los otomíes de Teocalhueyacan salieron a su encuentro; como tantas veces, Malintzin fungió como traductora, ellos les ofrecieron ir a su tierra, donde les ofrecerían hospitalidad, víveres y alojamiento, con el fin de que se restablecieran antes de emprender su camino para reencontrarse con sus aliados tlaxcaltecas.
Resulta comprensible esta actitud de los otomíes, después de tantos años de sometimiento a los mexicas vieron, como otros pueblos, en el conquistador la única posibilidad de sacudirse del desprecio y vejación que habían venido padeciendo, basta recordar las pesadas cargas tributarias y la matanza sucedida en Chiluca. Como es sabido, fue una efímera esperanza, ya que pasaron de ser vasallos de un amo mexica a uno completamente extraño, venido de lejos: “[…] en torres o cerros pequeños que venían flotando por encima del mar […] de carnes muy blancas, más que nuestras carnes, todos los más tienen barba larga […].40
En su camino hacia Teocalhueyacan es en donde se inscribe el municipio de Atizapán en la historia de la Conquista. Según narraron los informantes indígenas a Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino:
“Y cuando hubieron llegado a un sitio que se llama Calacoayan, en una cañada, un poco arriba, allí donde hay cercas de piedra, mataron y apuñalaron los españoles a la gente. No les habían salido al frente las gentes de allí, los habitantes de Calacoayan sin culpa suya fueron matados. En ellos desquitaron su ira, en ellos saciarían su venganza. Pues cuando hubieron matado a la gente, luego bajaron al plan. Hallaron una llanura, un llano pequeño llamado Atizaapan. De allí subieron a Teocalhueyacan”.41
Como se observa, fueron los indígenas quienes dejaron consignado que los pobladores de Calacoaya no provocaron la ira de Cortés, que  él  procedió de esta manera para  saciar de alguna manera su cólera y frustración tras su derrota, recordemos que durante su huida, perdieron a varios soldados y caballos,  así como buena parte del tesoro que habían sustraído del palacio de Axayácatl.



Los españoles destruyen el pueblo de Calacoayan, Códice Florentino.

La matanza en Calacoaya no fue descrita por el mismo Cortés ni por su soldado Bernal Díaz del Castillo, quizás porque no fue muy grande o porque reconocieron que fue un hecho vergonzoso e injustificable. Tampoco el historiador Francisco López de Gómara escribe sobre ella, sólo refiere que los españoles llegaron: “a un templo con una buena torre y aposento, donde se pudieron albergar aquella noche, mas no cenar. Al alba los indios les dieron un mal rebato, empero fue más el temor que el daño”. 42 Este “mal rebato” pudiera ser la justificación española a la matanza de Calacoaya.
Cabe preguntarse entonces la razón de que haya masacrado a pobladores de Calacoaya, siendo que los otomíes le habían ofrecido hospitalidad y se habían convertido en sus aliados;  una posible explicación consistiría en que pudieron haber atacado a un grupo de gobernantes tepanecas a quienes la Triple Alianza permitió seguir teniendo cierta autoridad en las tierras antes dominadas por ellos, como lo era Calacoaya.
Igualmente Cortés pudo creer o ser informado que se trataba de aliados de los mexica o bien pudo tratarse de una de tantas escaramuzas que se dieron en la huida de la “noche triste”, en la que algunos habitantes de Calacoaya se vieron involucrados. Es sabido que en su huida, Cortés apuraba el paso, ya que escuadrones mexicas continuaban persiguiéndolos, como lo narró Bernal Díaz del Castillo: “[…] porque aun todavía nos daban mucha grita […] y nos tiraban mucha piedra con hondas y varas y flechas hasta que fuimos a otros caseríos y pueblo chico, y allí estaba un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche []”.43  Por lo pronto, hasta nuestros días queda el triste recuerdo del paso del conquistador por Calacoaya, memoria que no olvidaron legarnos nuestros antepasados indígenas.
Posteriormente, tras su paso por las llanuras de Atizapán, finalmente arribaron a Teocalhueyacan. Estos hechos sucedieron entre el 1 y el 8 de julio de 1520, fecha en que los hispanos alcanzaron una nueva victoria en la batalla de Otumba, tras la cual se dirigieron a Tlaxcala para unirse con sus  aliados  y  prepararse para lo que sería el ataque final contra el imperio mexica.
En la toma de México-Tenochtitlan, batalla tan significativa en nuestra historia nacional, el territorio de Atizapán también ocupa un lugar al ser nombrado en las crónicas. Después de que Cortés mandó destruir los acueductos que surtían de agua dulce a la ciudad, decidió tapiar las entradas, es decir, cubrirlas con los materiales de las casas derribadas y por los caminos construidos introducir los caballos y la artillería para así dividir la fuerza de los mexicas, quienes dejaron indefensa la calzada de Tlacopan que unía la parte de Tenochtitlan a la parte firme del poniente.
En ese momento, Cortés dio la orden a Pedro de Alvarado de hacer el tapiado por el poniente: “[…] quedando las dos cabeceras en Tizapan y Tepectícpac en Tlacopan con Pedro de Alvarado […]”.44 Así fue como quedó apostado Alvarado en Tlacopan con treinta caballeros, dieciocho ballesteros y escopeteros, ciento cincuenta infantes y alrededor de veinticinco mil aliados tlaxcaltecas.45



Plan del sitio de Tenochtitlan. Mapa de Francisco González

Otra estrategia del conquistador fue construir 13 bergantines para combatir a los mexicas que defendían su ciudad en canoas. A su capitán Cristóbal de Olid le encomendó actuar desde Coyoacán y a Sandoval desde Iztapalapa.  Dispuso de cuatro  bergantines a que defendieran la calzada de Tlacopan a la que Alvarado velaba de noche para que no la volviesen a abrir los guerreros mexicas, disponiendo dos bergantines en un lado de la calzada y a otros dos en otro lado.46



Asedio de la ciudad desde los bergantines.
Códice Florentino.
DR © Marco Antonio Pacheco / Arqueología Mexicana / Raíces.

La ciudad presentaba un aspecto desolador ya que la epidemia de viruela había hecho estragos entre su población, la “enfermedad de granos” había cobrado cientos de víctimas, entre las cuales estuvo su señor Cuitláhuac, quien fue sucedido por Cuauhtémoc. Tras cruentos combates que duraron alrededor de 75 días, tanto de día como de noche, los conquistadores lograron penetrar hasta el recinto del Templo Mayor, arrasando templos, palacios y casas.
Cortés exhortó a los mexicas a rendirse, pero nunca lo hicieron a pesar de lo terrible de su situación. El fin del imperio llegó el 13 de agosto de 1521 cuando fue capturado y apresado el último hueytlahtoani, Cuauhtémoc, quien en todo momento procuró la defensa de su ciudad. Recordadas son las palabras que pronunció cuando fue conducido ante Cortés: “Ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad, y no puedo más, pues vengo por fuerza y preso ante tu persona, por tanto toma ese puñal que tienes y mátame luego con él”.47
Las batallas en la guerra de conquista despertaron una gran confusión entre los indígenas, el trauma de la conquista se apoderó de ellos y nos legaron frases que lo ejemplifican: “¡Déjenos ya pues morir, déjenos ya perecer, puesto que ya nuestros dioses han muerto!”.48
Tras la derrota se originó su dispersión. Los macehuales, la gente del pueblo, abandonaron la ciudad y se refugiaron en Tlatelolco; los señores principales buscaron apoyo para continuar la lucha pues aún se resistían a entregar sus tierras y posesiones. Ellos fueron escuchados por otros principales de Coyoacán, Tlacopan, Azcapotzalco y Tenayuca, pero todo fue en vano ya que la dispersión continuaba. Durante el sitio a Tlatelolco, se cuenta que: “[…] no aparecieron los tenochcas por ningún lado, ni en las calzadas ni en Yacacolco, Atizapaan, Cohuatloan, Nonohualco, Xoxohuiltitlan y Tepeyácac […]”.49
Las referencias a Atizapán en estas crónicas ponen de manifiesto que fue una localidad que contaba con cierta relevancia en la región de Tlacopan como punto limítrofe en las batallas de conquista. Es posible que sus pobladores hayan huido en este momento por miedo, lo que pudo representar la primera despoblación conocida en su territorio. Sin embargo, su presencia en este territorio después de la Conquista, confirma que su permanencia se debió a que no atrajeron la atención de los españoles, como población subordinada, de cultura y lenguaje distintos, los otomíes escaparon  al efecto destructivo de la influencia española.50
Como se ha observado, resulta importante concluir que a pesar de los múltiples acontecimientos que los afectaron al ser un pueblo sucesivamente sojuzgado por otros, los otomíes de los pueblos de Atizapán permanecieron, incluso tras la llegada de los españoles, en las tierras a las que arribaron en el siglo XIII.



1 Denuncia 85-2 del Departamento de Salvamento Arqueológico del INAH, [Enero, 1985].

2 www.uaemex.mx, [Junio, 2011].

3 Ramírez, Violeta, “Una mirada a la historia de ZE”, Nuestro Medio. Zona Esmeralda, Publicación catorcenal, México, Ediciones y revistas, 2010.

4 Clavijero, Francisco Javier, Historia antigua de México, Tr. Francisco Vázquez,México, Ed. del Valle de México, s/a, p.  88

5 Florescano, Enrique, Historia de las historias de la nación mexicana, 2a. ed., México, Ed. Taurus, 2004, p. 232.

6 Ib., p. 79

7 Torquemada, Fray Juan de, Monarquía indiana,  Introd. Miguel León-Portilla, 3ª. ed., México, UNAM, IIH, 1975, p. 59.

8 Solís, Felipe, “Tiempo Mesoamericano VIII. Posclásico Tardío (1200-/1300-1521 d.C.)”, en Arqueología Mexicana. Tiempo Mesoamericano. Periodos, regiones y culturas prehispánicas. Edición especial, México, INAH, 2002, p. 71.

9 Torquemada, op. cit., p. 59.

10 Ib., p. 63.

11 Sahagún, Bernardino de,  Historia General de las cosas de Nueva España”, proemio de Ángel Ma. Garibay, 11ª. ed., México, Ed. Porrúa, 2006, (Col. Sepan Cuantos… 300), p. 582.

12 Florescano, op. cit., p. 75.

13 Carrasco, Pedro, “Cultura y sociedad en el México antiguo”, en Historia General de México, 6ª. ed., México, El Colegio de México, 2005, p. 158.

14 Torquemada, op. cit., p. 87.

15 Alva Ixtlilxóchitl, Fernando de, Obras históricas, Edición, estudio introductorio y apéndice documental de Edmundo O´Gorman, 4ª. ed., México, UNAM, IIH, 1985, p. 17.

16 Torquemada, op. cit., p. 49.

17 Gibson, Charles, Los aztecas bajo el dominio español, 1519-1810,  Tr. Julieta Campos, 15ª ed., México, Siglo Veintiuno Edfitores, 2003, (Col. América Nuestra), p. 21.

18 Alva Ixtlilxóchitl, op.cit., p. 17.

19 Brambila, Rosa, “El centro de los otomíes”, en Arqueología Mexicana, Otomíes, un pueblo olvidado, México, INAH, mayo-junio 2005, no. 73, p. 22.

20 Sahagún, op. cit., p. 586.

21 Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Pról. De Enrique Castro, 2ª. ed., México, Editores Mexicanos Unidos, 2001, p. 159.

22 www.cdi.gob.mx, [Febrero,  2010].

23 Sahagún, op. cit., p. 586.

24 Ib., p. 587.

25 Ib., p. 585.

26 Códice Chimalpopoca, Anales de Cuautitlán y Leyenda de los Soles, Tr. del náhuatl por Primo Feliciano Velásquez, 3ª. ed., México, UNAM, IIH, 1992, párrafo 130, p. 32.

27 Alva Ixtllilxóchitl, op. cit., p. 36.

28 Carrasco, op. cit.,  p. 159.

29 Alva Ixtlitlxóchitl, op. cit., p. 36.

30 Códice Chimalpopoca…,  op. cit., párrafo 237, p. 66.

31 Ib., párrafo 228, p. 65.

32 Sepúlveda, Ma. Teresa, “Medidas, numerales y unidades para tributación”, en Arqueología Mexicana. La Matrícula de Tributos, México, INAH, Edición especial, Serie Códices, 2003, p. 28.

33 Alvarado Tezozómoc, Hernando, Crónica Mexicana, España, Dastin, 2003, p. 270.

34   Ib., p. 271.

35 Loc. Cit.

36  Loc. Cit.

37 Sahagún, op. cit., p. 757.

38 Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de las Conquista. Introd., selec. y notas de Miguel León-Portilla, 28ª. ed.,  México, UNAM, 2006, p. 79.

39 Gutiérrez, Francisco, Hernán Cortés, España, Salvat, 1986, p. 135.

40 Ib., p. 12.

41 Sahagún, op. cit., p. 765.

42 López de Gómara, Francisco, Historia de la Conquista de México, Estudio preliminar de Juan Miralles, México, Ed. Porrúa, 1997, (Col. Sepan Cuantos… 566), p. 158.

43 Díaz del Castillo, op. cit., p. 325.

44 De Alva Ixtlilxóchitl, op. cit., p. 258.

45 Gutiérrez, op. cit.,, p. 149.

46 Díaz del Castillo, op. cit., p. 418.

47 Díaz del Castillo, op. cit., p. 457.

48 León-Portilla, Miguel, El reverso de la Conquista. Relaciones aztecas, mayas e incas, 4a. ed., México, Ed. Joaquín Moritz, 1974, p. 21.

49 Anales de Tlatelolco, Paleografía y traducción de Rafael Tena, México, CONACULTA, 2004, p. 109. En esta fuente, en los Anales de Cuauhtitlan y en las Obras históricas de Ixtlilxóchitl se ha denominado indistintamente como Tizapan, Atizapaan, Tizaapan y Atizapan a dos localidades: una es Tizapán, situada al oeste de Coyoacán, que fue una estancia de Culhuacán donde permaneció por un tiempo el pueblo mexica en su peregrinación y la otra es el actual Atizapán de Zaragoza.

50 Gibosn, op. cit., p. 33.

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